
La leyenda de Amarca es una de esas historias locales que no aparecen en las guías turísticas, pero que siguen vivas en la memoria de las medianías del norte de Tenerife. En Icod el Alto, en una de las zonas más bellas de Tenerife, allí donde el paisaje se vuelve abrupto y el silencio parece ser pesado y profundo, se sitúa este relato que mezcla amor, culpa y tragedia.
Viajaremos a siglos atrás, hasta la época en la que la isla estaba dividida en menceyatos, a la zona donde se emplazaba el menceyato de Ycode, gobernado en sus últimos años por el mencey Pelicar.
Eran unos tiempos en los que la vida transcurría entre barrancos, en los que se vivía del pastoreo y en el que todos y cada uno de los habitantes de la isla estaban profundamente conectados a la Naturaleza y a las emociones.
Eran tiempos, en fin, en que todo se vivía con mucha intensidad y en familia.
La leyenda de Amarca y Gariraiga: una historia que nace en silencio
Era Amarca una joven de gran belleza. La conocían no solo en su propio poblado, sino en los circundantes. Su nombre se repetía entre conversaciones al caer la tarde y las miradas de los hombres se le cruzaban en los caminos. No era solo su aspecto, sino su presencia, firme e imperturbable en un mundo sencillo y duro.
Entre quienes la admiraban en silencio estaba Gariraiga, un joven pastor. Como también lo estaba el propio mencey, Pelicar.
Era una admiración discreta, distante pero muy íntima para el joven. De esas que nacen sin hacer ruido. Se la cruzaba en los senderos, la veía a lo lejos mientras cuidaba el ganado, intentaba estar cerca, y poco a poco ese sentimiento fue creciendo hasta convertirse en algo más profundo.
Pero Amarca no sentía lo mismo. Ni por él ni por su mencey.
Y ahí comenzó todo. Ahí comenzó esta leyenda de Amarca.
El rechazo y el origen de la tragedia
Gariraiga no pudo soportar su rechazo. Y eso, en un mundo donde las emociones y las conexiones eran tan profundas se le convirtió en una losa.
Se la seguía cruzando cada día. La veía. No había distancia ni forma de olvidar.
Su entorno no cambiaba, los paisajes siempre abruptos, las montañas, los senderos, los barrancos y aquel maldito viento que a veces se levantaba y le traía sus palabras en susurros. Todo eran recuerdos de ella.
Pasaron los días y Gariraiga fue cambiando. Más triste, más callado, más aislado. Pasaba largas horas en soledad, en las zonas altas de Icod el Alto, donde nadie podía molestarle y donde solo la naturaleza le acompañaba en silencio.
Decían de él que estaba triste pero que lo superaría. Otros, que no, que algo dentro de él se había roto.
El salto de Gariraiga
Una tarde, sin más palabras, sin más aviso a sus conocidos, ocurrió.
Gariraiga subió hasta uno de los riscos que dominan Icod el Alto. Allí arriba ves el océano en toda su amplitud, un horizonte sin fin. Allí arriba el paisaje se hunde en lo más profundo del corazón de la tierra, en barrancos que parecen no tener fondo. Y un pensamiento, un único pensamiento se abrió paso en su mente.
Nadie sabe qué pensó, pero sí se supo lo que hizo. Se lanzó al vacío.
Ycode lloró amargamente. Todos los del menceyato vivían como amigos, como familia. Todos se conocían. Su muerte no fue solo una pérdida. Fue un golpe duro e irreparable. Y las miradas se dirigeron a Amarca.
El destino de Amarca: entre historia y tradición oral
La muerte de Gariraiga fue su condena. Amarca cargó con su desaparición. Se le consideró culpable del dolor del joven. A su paso, las miradas cargadas de rencor, los murmullos, las palabras hirientes, pero sobre todo la imposibilidad de escapar de una comunidad tan cerrada. Y con el tiempo, ella tampoco pudo soportarlo.
Las versiones más extendidas cuentan que Amarca terminó poniendo fin a su vida, siguiendo el mismo destino trágico que Gariraiga, allí en las montañas. Un desenlace que convirtió su historia en una advertencia y en una herida compartida por toda la comunidad.
Pero como ocurre con muchas historias antiguas cuando pasan los siglos, el tiempo fue añadiendo matices, quizás reales, quizás producto de la fantasía nostálgica, siempre dispuesta a edulcorar y hacer más bellas las historias trágicas.
Algunas tradiciones orales del norte de Tenerife cuentan que su final fue distinto. Según estos relatos, Amarca no se arrojó desde un risco, sino que se adentró en el mar, dejándose llevar por las olas en un acto de desesperación silenciosa. Dicen incluso que su cuerpo apareció tiempo después, y que entonces fue honrada como merecía.
Sea cual sea la versión, el final es el mismo. Una tragedia que acabó con la vida de los dos jóvenes, Amarca y Gariraiga.
La historia de Amarca en Icod el Alto hoy
Hoy, siglos después, Icod el Alto sigue conservando ese carácter aislado que ayuda a entender por qué esta historia ha perdurado.
No es una zona de turismo masivo. Es un lugar donde el paisaje sigue imponiendo respeto, donde los barrancos siguen marcando el ritmo y donde el silencio sigue siendo protagonista.
Y es precisamente ahí donde la leyenda de Amarca cobra sentido.
Porque no se trata solo de lo que ocurrió. Se trata de lo que se siente allí arriba, entre esas verdes montañas, al filo de los barrancos.
Una leyenda que aún se percibe en el paisaje
Las tragedias se vuelven tristemente bellas con el tiempo si son bien contadas, pero es solo en el sitio donde supuestamente ocurrió, cuando uno camina por estos senderos, cuando se asoma a sus laderas o deja que el viento le rodee sin distracciones, cuando de verdad se siente el pso de la leyenda de Amarca.
Hay historias y leyendas que no necesitan ser explicadas. Solo sentidas. Y así, siempre siguen vivas. Y esta leyenda de Amarca es una de esas historias vivas. Sin personajes sobrenaturales, sin sin seres de otros planetas, sin fantasmas. Solo dos personas, como cualquiera de nosotros. Solo un paisaje y un sentimiento, el amor, tan bello a veces como trágico en otras ocasiones.
El eco de Amarca
Aquí sigue aún su eco, siglos después. No, no es una historia pasada. Es real y sentido, y perdura. Se percibe en el silencio, en las profundidas de estas tierras icodenses, en el viento que se levanta en las cumbres.
Reucerdas a Amarca, y con ella, de la mano, otras historias y leyendas de Tenerife, como la de la princesa Dácil, como la de Jonay y su amada Gara, o aun más reciente, la de Catalina Lercaro, en La Laguna.
Son historias y leyendas que no desaparecen. Que solo esperan, ocultas en los rincones más profundos de esta isla, a ser descubiertas.
Otras historias y leyendas locales:
- La noche de Guayota.
- La leyenda de Gara y Jonay.





