Cómo llegaron los guanches a Tenerife: historia y mitología

Días fríos e interminables, de intensas nevadas, de malas cosechas y hambre. Noches eternas de vigía. Temores propiciados por tribus saqueadoras, por animales salvajes merodeadores, por fantasmas ancestrales que vaticinaban la desaparición de toda una cultura.

Esta es la historia de cómo llegaron los guanches a Tenerife, según cuenta la leyenda…

En sus origenes: los guanches en África

Gobernados por aquel a quien llamaban “El Grande”, aquella tribu habitaba en una tierra lejana, azotados por el clima más extremo, siempre a la espera de que aquel a a quien adoraban les enviara el sol purificador. Sería su último invierno y lo sabían. No aguantarían mucho más. Solo Acorán, su dios, podría salvarles.

Cuentan las leyendas que aquel último invierno, al fin, Acorán se apareció a “El Grande”. Descendió del cielo con forma humana para decirle que él y toda su tribu debían abandonar aquellas tierras baldías. Debían marchar al sur y llegar hasta un lugar llamado Mauritania, donde los campos eran fértiles y los ríos fluían frescos.

Y así, recogieron sus escasos enseres, reunieron al poco rebaño que les quedaba, y marcharon.

No sería fácil el camino, pues otro dios, antítesis de Acorán, les seguía, siempre buscando su perdición. Era Guayota, el demonio, aquel que los odiaba mandando tormentas de nieve en aquella tierra que pretendían olvidar.

La diáspora fue larga y cruel. Muchos dudaron del destino sugiriendo levantar su nuevo campamento en tierras intermedias. Guayota parecía imponerse sembrando la duda. Cuando al fin llegaron a las montañas que rodeaban las tierras de Mauritania, muchos de ellos se rindieron a los susurros del demonio. Haciendo frente a su líder, “El Grande”, decidieron quedar allí, en las laderas de las montañas.

Solo sesenta siguieron a “El Grande” hasta la tierra prometida, más allá de las altas cimas.

Cuando al fin volvió a llegar el invierno, de nuevo las tormentas de nieve y el frío asolaron aquellas laderas, y allí perecieron aquellos débiles guanches que se dejaron llevar por las palabras de Guayota.

En la tierra prometida

Parecía haber vencido al fin, pero los sesenta que siguieron firmes a su líder consiguieron arribar a las tierras de Mauritania, que tal como les había prometido Acorán, eran verdes vergeles de palmeras y flores, oasis de agua vital y cálido clima. El paraíso deseado.

Mas Guayota deseaba la extinción total de los guanches. Esperaría el tiempo necesario para acabar con ellos, no en vano, él era eterno.

Murió al fin, años después, “El Grande”, y fue elegido el sucesor su hijo, igual de noble e inteligente que su padre. El pueblo guanche se mantenía unido y fiel a su nuevo líder, mientras Guayota rabiaba viendo que sus artimañas de nada servían.

Acorán permanecía siempre atento, oculto en la luz radiante del sol, viendo los macabros juegos de su rival, y supo que no aguantarían mucho más, de modo que volvió a aparecerse para proponerle a los guanches una nueva tierra, más apartada, allí donde Guayota nunca pudiera alcanzarlos: las Islas Afortunadas.

En sueños se apareció al hijo del Grande, y bajo la forma de un pájaro le susurró que se dirigieran a la costa donde tres grandes pájaros negros de alas blancas los transportarían a una nueva tierra prometida.

Esta nueva tierra será por siempre vuestra siempre que os mantengáis fieles los unos a los otros”, le dijo.

Acto seguido, Acorán levantó el vuelo y se dirigió a las Islas Afortunadas, para anunciar la próxima llegada de sus hijos guanches.

Camino a las Islas Afortunadas: cómo llegaron los guanches a Tenerife

Y así, de nuevo confiados a su nuevo lider, marcharon los guanches hasta llegar a la costa, donde de nuevo Guayota les esperaba. Sabedor de que no podría cruzar el mar, pues él como Señor del Fuego no podía adentrarse en el Agua, hizo lo imposible para evitar el vuelo de las tres aves, pero estas, pájaros mágicos, alzaron sus alas y marcharon a las islas.

Tras cinco días de vuelo, al fin en el horizonte, la inhiesta figura de Echeyde les dio la bienvenida. Desde el aire pudieron observar los marrones campos de trigo, los verdes bosques y las cumbres del Tigaiga. Allí, desde el Taoro al Tigaiga, escarpadas laderas repletas de cuevas serían su nuevo hogar.

Tras descender en sus playas, los guanches recibieron una visita inesperada: La de las Hijas del Sol, cuya reina al frente, les dio la bienvenida.

Cayeron enamorados, y en el mismo día en que llegaron, el hijo del Grande se casó con la reina de las hijas del Sol. Y así, en los sucesivos días, todos los guanches se fueron emparejando con las restantes princesas.

Recordando las palabras de Acorán, “siempre que os mantengáis fieles los unos a los otros”, el hijo del Grande ordenó lanzar todas las armas al mar, y así durante todo un año, hasta la llegada del primer beñesmén, fiesta en honor a la cosecha, vivieron totalmente felices.

En aquel beñesmén, por primera vez, su lider distribuyó un extraño fruto, el magec-mocán, que otorgaba la juventud eterna a quien lo comía.

Y así, tras aquella fiesta, en la siguiente primavera, las hijas del sol fueron madres por primera vez.

La llegada de El Fuerte

Cierto día llegó por mar un bello joven, apuesto, de buen porte, al que pusieron por apodo “El Fuerte”. Confiados como eran los guanches, lo dejaron ir y venir por sus tierras, hasta que un buen día, los frutos mágicos del jardín, aquellos que otorgaban juventud eterna, habían sido robados, el árbol estaba seco y el extranjero se había marchado.

Guayota había revelado el secreto al Fuerte y lo había enviado a las islas, y este se había encargado de robarlos.

El gran valle de Arautápalo se tiñó de luto cuando murió la reina, la primera víctima de la pérdida de la inmortalidad. Todos habían envejecido, pero al hijo del Grande, con la muerte de su esposa, se le fue la vida. Con la mirada perdida en el vacío recordó lo efímera que es la vida cuando se es mortal, y los duros obstáculos que hay que salvar para vivir el mayor tiempo posible.

Sobre la tumba de su amada reina, a los pies del Echeyde, levantó un túmulo tan alto que ayudaría a recordar que no se podía confiar en ningún extranjero, y para evitar que se adentraran en la isla, ordenó construir armas. Así, volvían a la mortalidad, a la desconfianza y la desunión.

Acorán trasladó su árbol mágico a los abruptos acantilados isleños. Allí, el bello árbol se transformó en uno nudoso, viejo y retorcido, con ramas como garras. De su tronco manaba la sangre que proporcionaba vitalidad y salud, pero a partir de entonces los guanches comenzarón a llamarlo coo “árboles de dragón” o “dragos”.

Viendo hacia donde se dirigía su pueblo, el hijo del Grande decidió reunirles y recordarles que aunque, mortales, debían seguir siendo felices por lo que poseían, por aquella magnífica tierra, que solo debían alzarse en armas contra el enemigo de fuera, pero que entre ellos debía seguir reinando la unión.

Más la semilla de la discordia ya estaba plantada. ¿Quien, sino el hijo del Grande, había sido el culpable de que se perdieran los frutos de la eterna juventud? ¿Quien, sino él, era el responsable de haber confiado en un extranjero?

Y el pueblo, su pueblo, aquellos que durante tantos años habían permanecido unidos, se alzó contra él. Una piedra cruzó el aire y le golpeó en la frente, y tras ella, otra, y otra. Su líder había caído, y yacía allí, muerto, en medio de la sangre que manaba de todo su cuerpo apedreado.

La tierra tembló, el cielo se oscureció y de las entrañas de las montañas surgió un fuerte bramido.

Las olas golpeaban incesantemente los acantilados, y del interior de Echeyde una lengua de fuego se escupió al cielo. La tierra ardió, y de su cima, al fin, asomó Guayota victorioso.

Guayota no podía cruzar el agua, pero sí podía ir bajo ella. Sus servidores habían abierto una brecha bajo el mar, y por ella se introdujo el demonio hasta aparecer en aquella cumbre.

Aquel invierno nevó en las islas Afortunadas.

Con el paso del tiempo, la envidia y los celos hicieron mella entre los guanches, y comenzaron a aparecer clanes. La unión se perdió para siempre. Unos marcharon hacia Icod, otros hacia Anaga, los más avezados marcharon al sur, mientras que en Taoro permanecieron los que creían no tener culpa de nada.

Con el tiempo, aquella tragedia se fue disipando. Su historia, su pasado, traspasó el límite de la realidad para convertirse en leyenda. Con cada generación viejas costumbres fueron recordándose. Se recuperó el beñesmén, y viejos bailes y tradiciones, y una vez al año, todos los clanes se reunían.

Dejaron de ser inmortales, sí, pero al fin aprendieron a convivir como mortales.

Para saber más sobre los guanches:

Teorías sobre el origen de los guanches.

La diosa Chaxiraxi y su relación con Candelaria.

Divinidades guanches.

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