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Amaro Pargo - lápida

Un silencio sepulcral envuelve mi figura lánguida. Un turbio manto de tristeza parece haberme rodeado, inexorable, desde el mismo momento en que los goznes de la vieja puerta de entrada de la iglesia de Santo Domingo de Guzmán, en San Cristóbal de La Laguna, me permitieron la entrada.

Quizás sea la tenue oscuridad, el leve olor a rancio de lo antiguo, el crujir de mis pasos reverberando entre las columnas o el poder de las viejas leyendas que destilan los casi seiscientos años de vida que acumula en sus paredes.

Quizás sea la soledad más absoluta de su interior, o incluso el suave repiqueteo de la lluvia en la plaza exterior o el silbido ululante del viento que se desliza por cada poro de la iglesia.

No hay razón alguna para que mi corazón se encuentre sobrecogido o que mi respiración se haga lenta o pausada. O quizás haya muchas. Quien sabe. En esta vida el tiempo te empuja a aprender que nada es cierto ni nada es falso, que todo se tiñe del color de los ojos con que uno lo ve y lo siente. Como las viejas leyendas, falsas o verdaderas, pero siempre con un ápice de realidad oculta entre líneas.

Artesonados mudéjares, los frescos de Cossío, el impresionante mural inacabado de Pedro de Guezala o incluso el trono baldaquino de plata del siglo XVIII que acoge a la patrona, la Virgen del Rosario. Nada parece suficiente para ensombrecer aquello que todos buscan en esta iglesia: la fría lápida de Amaro Rodríguez Felipe, nuestro querido Amaro Pargo, pirata, o no, cuyas historias forman parte del imaginario local, pasando de boca en boca tras varias generaciones de laguneros.

Su recuerdo final, el de sus aventuras y correrías, tiene su colofón en la calavera con las tibias cruzadas que adornan su lápida, pero sobre todo, en ese ojo guiñado con el que la imagen parece despedirse orgulloso de su vida y obra y reirse del mundo que lo acogió.

Iglesia de Santo Domingo de GUzmán - frescos

La historia de Amaro Pargo

Dicen que en las noches quietas de Tenerife, cuando el viento baja desde las cumbres y acaricia los muros encalados de Machado, aún se escucha el leve crujir de un navío que jamás terminó de amarrar en puerto. Algunos aseguran que es el eco lehano de El Ave María, el barco insignia de Amaro Rodríguez Felipe, conocido para siempre como Amaro Pargo, el corsario que navegó entre el rigor de la historia y la bruma dulce de la leyenda.

Amaro nació en 1678, sin otro destino aparente que el de un niño isleño más, hijo del mar y la tierra volcánica. Sin embargo, quienes estudian su vida dicen que desde pequeño caminaba con la mirada puesta en el horizonte, como si escuchara un llamado que nadie más podía oír. Tal vez por eso, al hacerse joven, no dudó en embarcarse hacia América, donde comenzó la verdadera forja de su nombre. Allí aprendió a leer el lenguaje de las mareas, a distinguir la amenaza en el brillo de un velamen desconocido y, sobre todo, a sobrevivir.

Las crónicas narran sus hechos: escoltas de navíos españoles, abordajes contra corsarios enemigos, mercancías recuperadas, riquezas que lo convirtieron en uno de los hombres más prósperos de Canarias. Pero todo eso, aunque cierto, parece insuficiente cuando uno se sienta en el silencio de su antigua casa y escucha el rumor del pasado. Porque Amaro Pargo no fue solo un corsario; fue el protagonista de historias que se deslizan entre la verdad y la fábula, entre lo que pudo ser y lo que se desea creer.

Una de esas historias habla de una carta oculta, escrita por manos femeninas, que habría viajado con él durante décadas guardada en un cofre de madera oscura. Se dice que Amaro la leía cada vez que la noche se volvía demasiado larga y el combate demasiado cercano. La tradición popular la atribuye a Sor María de Jesús de León, la monja mística con la que Amaro Pargo mantuvo una relación profunda, espiritual, quizá amorosa, aunque jamás se confirmará. Según la leyenda, ella tenía el don de la bilocación y veía cosas que otros no podían. Él, el corsario que desafiaba tormentas y enemigos, se arrodillaba ante ella con una devoción que trascendía lo explicable.

Cuentan que en más de una ocasión, cuando la muerte parecía inevitable, Amaro sentía una presencia serena junto a él, como un murmullo que decía “Aún no es tu hora”. Y entonces, contra todo pronóstico, el viento cambiaba o un disparo desviaba su trayectoria. ¿Intervención divina? ¿Suerte del marino? ¿O el eco de un amor imposible que no conoce límites de carne ni distancia? Nadie lo sabe, pero quienes creen en estas historias afirman que la monja blanca acompañó a Amaro por océanos que ella nunca pisó.

También se susurra que, en uno de sus regresos a Tenerife, Pargo se reunió con un anciano cartógrafo que vivía en las laderas de Anaga. Este hombre, medio ciego y completamente olvidado por el mundo, habría trazado para él un mapa que marcaba un punto en el Atlántico donde —según el cartógrafo— se encontraba una isla que solo aparecía a quienes cargaban un corazón dividido entre la gloria y el arrepentimiento. El rumor sostiene que Amaro partió una noche sin avisar, siguiendo ese mapa, y que volvió días después, pálido, silencioso, con una muesca más en el alma. Jamás habló de lo que vio.

La historia oficial dirá que Amaro Pargo amasó fortuna combatiendo piratas enemigos y protegiendo convoyes. Que consiguió privilegios, que fue respetado por la Corona, que vivió entre Tenerife y América acumulando bienes y temores ajenos. Pero la historia no habla de las sombras que quedan atrás, de los tesoros que según algunos dejó enterrados, ni del supuesto pacto que hizo en un puerto de La Habana con un hombre de barba negra y mirada de mercurio, quien le dijo que su leyenda sobreviviría incluso si su cuerpo no lo hacía.

A veces, en la penumbra fresca de la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán, donde reposa el panteón familiar de los Rodríguez Felipe, alguien afirma haber visto un resplandor tenue sobre la lápida de Amaro, como si una lámpara antigua se encendiera solo para quien sabe mirar.

No es extraño que proliferen las historias: el mármol oscuro, las calaveras y tibias grabadas, el silencio denso del templo y el olor a cera han tejido un lugar propicio para las leyendas. Algunos vecinos aseguran que, al caer la tarde, puede sentirse una corriente de aire frío bordeando la sepultura, como la estela de un barco que pasa sigiloso. Otros dicen que, en ciertas madrugadas, el eco de un susurro femenino —suave, casi una oración— se mezcla con el crujido de los bancos de madera. Quienes creen en estas cosas juran que es Sor María de Jesús de León, aún velando al corsario que la admiró más allá de lo permitido.

Puede que no sea más que sugestión, pero en ese rincón de La Laguna parece posible que el amor, la fe y el mar aún conversen entre sombras.

Hay quienes cuentan incluso que, una semana antes de su muerte, se le vio caminando por las calles empedradas de La Laguna con una figura vestida de blanco a su lado. Algunos la reconocieron: la monja que llevaba años enterrada. Otros dicen que no era más que un juego de luces. Pero lo que todos coinciden en recordar es que Amaro caminaba con la serenidad de quien sabe que ha llegado al final de su travesía.

Quizá por eso su nombre permanece. No solo por su espada, ni por sus riquezas, ni por sus aventuras documentadas, sino porque la gente necesita creer que hubo un pirata que amó de una forma tan intensa que desafió océanos, leyes y milagros. Un pirata que, entre batalla y batalla, escribía cartas que nunca envió, guardaba silencios que jamás explicó y perseguía luces que solo él veía.

Hoy, siglos después, cuando el viento sopla entre los naranjos y las campanas de La Laguna repican a lo lejos, parece posible imaginar a Amaro Pargo subiendo de nuevo a su navío, mirando por última vez a la isla que lo vio nacer. En sus ojos habría nostalgia; en su pecho, una esperanza. Tal vez la de encontrar aquello que buscó durante toda su vida: no un tesoro de oro y plata, sino el momento exacto en que las leyendas y la verdad se abrazan sin miedo.

Y así, en el rumor del mar, su nombre sigue navegando. Entre historia y mito. Entre la memoria y el sueño

Llega el momento de volver al presente

Absorto miro el reloj. Para mi sorpresa, 45 minutos han pasado desde que cruzara las puertas del tiempo, ese mismo que parece haberse detenido solo para mí. Mis ojos vuelven a ver. Quizás los cerré. O quizás no y simplemente soñé despierto. Ahora mi mirada vuelve a estar clavada en la tumba que cierra la fila de viejos bancos, a la espalda de todos ellos, justo a la entrada de la iglesia a modo de bienvenida y despedida de todos los feligreses.

Me despido en un susurro, «hasta la próxima», pues aún me quedan muchas historias para que comparta, desde su lecho eterno, conmigo.

Ya en la puerta, mientras me abrocho el impermeable y me cubro la cabeza con la capucha, me vuelvo y le dirijo una penúltima mirada, antes de encaminarme, no muchos metros más allá, hacia el lugar de reposo de su compañera más fiel, el Convento de Santa Catalina, donde reposa el cuerpo incorrupto de Sor María Jesús, la Siervita de Dios.

Aquí yace flor preclara
María de Jesús pura
A quién fue esplendor de clara,
Rara en virtud y hermosura
O en todas las virtudes rara.
Pare aquí el humano afán
A mirar con luz divina
Rara ave peregrina
Girando al Cielo Guzmán
O al trono de Catalina

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